P.D.: Le odio

Querido amigo y bienhechor, tengo a bien escribirle para discutir ciertos aspectos de suma importancia concernientes a nuestra convivencia y por el sincero deseo de presentarme formalmente, aun a riesgo de hacerlo cuando ya mejor hubiera sido pasar desapercibida. Sí obstante, permita que me dirija a usted con la mayor gravedad y buen propósito.

Reconozco que mi posición respecto de usted es, ciertamente, de dificultosa aclaración. Piensa, tal vez, que vivo en su interior, en su corazón como dirían algunos. Piensa que soy la esencia de su vida cuyo instrumento, cuyo vehículo para experimentarla, es su cuerpo. Sabe usted que algún día morirá y cree que, llegado ese momento, yo saldré despedida de mi continente ya inerte hacia el país de la eternidad. Algunos llegan incluso a pensar que cuando eso suceda y deje atrás el transporte que usted me brinda, éste pesará algunos gramos menos como consecuencia de mi marcha. Debo serle sincera y le confieso que eso es a todas luces imposible debido a mi naturaleza. Yo no peso absolutamente nada, no tengo masa, porque para tenerla me vería obligada a estar compuesta por materia y, en caso de que así fuera, no sería posible que residiese en el interior de su cuerpo, porque es evidente la imposibilidad de que dos partículas de materia diferentes ocupen un mismo punto del espacio. Por este razonamiento se hace evidente que yo no soy materia.

Ahora que sabe esto, no me imagine como un personajillo translúcido que comparte su apariencia y tamaño y que vuela de aquí para allá sin jamás utilizar las puertas. En primer lugar, yo, que soy inmaterial, igual que masa tampoco tengo forma, pues ésta es la descripción geométrica de la parte del espacio que yo ocupo. Fíjese en que, al ser inmaterial, no ocupo espacio. Además, no siendo materia mi expansión no tiene ningún límite. No hay objeto material ni inmaterial que pueda contenerme, por lo que se llega a la conclusión de que soy infinita, omnipresente. Y no sólo eso, pues dese cuenta de que la inmaterialidad y la infinitud me obligan a existir de manera atemporal. Siempre he existido y existiré; la creación y la destrucción son fenómenos que no tienen sentido desde el punto de vista de la inmaterialidad.

Sepa, amigo, que le estoy agradecida ya que sólo pude reconocer mi existencia cuando entré en contacto con su cuerpo y experimenté el mundo material a través de él. Comprendí mi inmaterialidad y mi infinitud, y mi consiguiente atemporalidad. Sin embargo, estas cualidades obligan a que yo esté presente no sólo en el cuerpo de usted, sino en todos los demás también y al mismo tiempo. ¿Por qué, entonces, sólo puedo experimentar el mundo material a través del suyo? ¿No debería hacerlo a través de todos los cuerpos de todos los tiempos? Una posible explicación para esta duda, y que muy probablemente será la solución acertada, es la que niega por completo mi existencia y la validez de todas mis argumentaciones anteriores por desembocar en esta contradicción. Así, usted, con su cuerpo, habría entrado en contacto con el mundo material y habría inventado mi existencia para que ahora yo demuestre su falsedad. Tan sencillo como eso.

Pero aguarde, por favor, no me dé por muerta aún. Admitamos un rato más que existo, que soy inmaterial, infinita y atemporal, pero que por alguna razón que escapa al entendimiento de ambos yo sólo puedo experimentar el mundo material a través del contacto con su cuerpo, y con ninguno más. En este supuesto, mi existencia anterior al contacto con usted fue un desierto de oscuridad que ahora comprendo pero que, obviamente, no puedo recordar. Y es que al no experimentar nada por no disponer de un cuerpo con el que hacerlo no podía siquiera imaginar, no digamos ya certificar, mi existencia. En dicho estado, de hecho, no existe una diferencia entre la existencia y la inexistencia. Ahora convivimos y me regocijo en nuestra unión pero, cuando usted se vaya y su cuerpo no sea válido para que yo experimente el mundo material, ¿deberé regresar a ese desierto de oscuridad del que esta vez sí seré plenamente consciente por la posibilidad de recordar todo cuanto ahora compartimos? ¿Tendré que soportar despierta la tortura de la nada más absoluta por toda la eternidad de mi existencia? Le pido disculpas y también le doy las gracias por todo el bien que me dispensa hoy pero, para terminar también con sinceridad, declaro que no acepto ese trato. En tal caso, prefiero no existir.

Atentamente,

Alma

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