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17 de octubre

Me encanta venir a observarles, y por eso lo hago con gran frecuencia. Lo disfruto de una u otra manera, y es que tanto el placer como la amargura que me inspiran son trepidantes emociones a la altura de la admiración que les profeso. Pues ellos no evolucionan, su cotidiano gasto de tiempo es dedicado al sueño, a una alimentación insípida y a la reciprocidad retozadora de sus lenguas libertinas. Reconozco síntomas notorios de alguna de éstas actividades en cada una de mis observaciones. Sin embargo, aun a falta de variaciones, cada nuevo ejemplo de sus viejas costumbres entraña cierta particularidad que, si bien percibo con claridad, se niega a descubrirse a mi comprensión. Una particularidad que baña de misterio la realidad por otra parte archiconocida, que en esencia no varía, y sin la cual ésta se me resiste a ser reproducida.

20 de octubre

Los animales no reparan en mi presencia; por lo general, no pueden detectarme sus ojos. Levito entonces como un fantasma entre sus cubículos. Atravieso la seguridad de los cristales que separan sus alcobas de la zona de observación estipulada y sus cuerpos a falta del mío. Me acerco a ellos estudioso, soy libre de experimentar con ellos cuanto me plazca. Los examino y los someto a pruebas.

24 de octubre

Mi agitado interés llega a excederse en ciertos casos y viola los límites de la prudencia. Hoy un ejemplar hembra ha reaccionado conscientemente a una dosis. Ha debido de sentir en su cogote el aire espirado por la nariz que le olisqueaba, o escuchado, cercano a su oído, el rasgar de un lápiz sobre el papel. Ha entrado en estado de alerta, me ha descubierto, me ha hecho corpóreo, me ha devuelto al lado que me corresponde y durante un instante efímero hemos sido dos seres idénticos en una sala dividida, discriminados por un muro invisible que ofrece aposentos para ambos. Pero inmediatamente se ha alterado, estaba excitada, y ha convocado aprisa a sus semejantes a presenciar el espectáculo. El pelotón ha crecido rápidamente al otro lado del escaparate y ha centrado en mí su atención. Ninguno ha sido capaz de aplacar sus ansias para la práctica de una contemplación rigurosa. Uno de ellos golpeaba el cristal con el puño y otros chillaban, ladraban, rugían, piaban, berreaban o rebuznaban según su naturaleza, instándome a hacer pronto algo divertido o explicar algún experimento insólito. Otros muchos aplastaban expectantes sus caras contra la pantalla y sólo esperaban el inicio de la función. Yo era su atracción. Me he visto obligado a abandonar la sala.

25 de octubre

Me pregunto si, una vez que me descubrieron, no anhelan hoy la libertad, si no desean cruzar a este lado del cristal y ser como yo, si no aspiran a experimentar. Pero me desengaño. Mi exploración es su entretenimiento que no quieren ni pueden tomar en serio. Me pregunto si para ellos también es mi conducta una futilidad invariable adornada por la magia de una novedad recurrente que no alcanzan a entender. Me niego a tener que explicarme por su simple pretensión de recibir divertimento a costa de mis extravagancias. Me pregunto si existe, en verdad, una diferencia entre ellos y yo, entre los dos lados de la sala dividida que ocupamos, pues siento de pronto que me rodean éste y un sinfín de otros muros invisibles. Me pregunto quién está aislado por esas barreras. Me pregunto quién vive en cautividad.

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