Dani

— Y tú, ¿sabrías decir por qué escribes?— preguntó el viejo Dani a su hermano.

— No, no con certeza— contestó el joven Dani, y ambos quedaron pensativos.

— Y el resto de cosas que llenan tu vida, ¿por qué las haces?— preguntó el viejo Dani.

— No lo sé…— dijo el joven, y ambos quedaron pensativos.

— ¿Acaso escribes porque resulta útil?

— ¡Oh, no! Escribir no es útil.

— No lo es, ¿verdad?

— No, de ninguna manera— dijo el joven Dani—. Los libros son de lo más inútil. No llenan el estómago de nadie, no quitan del frío, no protegen de la lluvia. Los libros no ayudan a soportar penalidades, no facilitan la vida. No, no… Los libros no sirven para nada.

— Es cierto— dijo el viejo, y ambos meditaron.

— ¿Lo haces porque te obligan los valores de la cultura, las normas de corrección social? Es decir, ¿por convencionalismo?— continuó el viejo.

— No.

— Pero tampoco lo haces para cambiar esos valores y normas.

— No. Me aparto de ellos. No combato la falsedad con la mentira.

— Lógico. Y, aun así, sientes la necesidad de escribir.

— Sí— dijo el joven Dani, y ambos reflexionaron.

— Entonces— dijo el viejo—, si no es útil ni tampoco fruto del convencionalismo, nos queda la vanidad.

— ¿Qué es la vanidad?

— Es lo que motiva aquellas acciones que tienen por objeto mostrar una determinada imagen de uno mismo ante los demás, o bien lo que motiva el jactarse de esas acciones.

— Aquel que es libre no necesita de eso— dijo el joven.

— Y, ¿qué es la libertad?

— La libertad es la ausencia de miedo, tanto de lo propio como de lo externo. La libertad se da cuando una persona es completa en sí misma, de manera que la aceptación de cuanto compone su ser es absoluta y el temor al rechazo de los demás, así como la necesidad de su aceptación, no existe. Es decir, aparentar supone que uno pretende que se perciba en él algo que desea ser pero no es. Aquel que es libre o bien no desea ser nada o desea ser todo lo que es, pues de otro modo no podría aceptarse a sí mismo. No tiene que aparentar ser, sencillamente es. Por la otra parte, quien se jacta lo hace con el fin de que terceras personas reconozcan o acepten un valor que él se atribuye a sí mismo o tiene; de ese deseo de aceptación deriva el temor al rechazo y, por tanto, quien no teme no se jacta. Para aquel que es libre la vanidad simplemente no tiene sentido.

— Tal vez…— dijo el viejo Dani—, pero, ¿no será, esa persona que se cree libre, una víctima del convencionalismo?

— No puede serlo. La libertad es un ejercicio interior, íntimo. Cuando se alcanza la aceptación el miedo desaparece automáticamente y todo lo que provenga del exterior, cualquier norma impuesta por otro, ya no importa.

— Entonces, si no es por utilidad, convencionalismo ni vanidad, ¿por qué escribir?— dijo el viejo Dani sin comprender.

— Al margen de la utilidad, lo único que merece la pena en la vida son las emociones, más valiosas cuanto más intensas. Cuando la experiencia de una emoción sea el único interés de llevar a cabo los actos, puede uno estar seguro de mantener su humildad intacta y su espíritu libre de pretensiones vanas.

— De modo que escribes por el placer de hacerlo.

— Eso creo…

— Y compartirlo, ¿no será un acto vanidoso? ¿No es su fin el de jactarse?

— No— dijo el joven Dani, e hizo una pausa para pensar—. Escribir es un acto y compartir es otro. La motivación de este nuevo acto que es compartir debe ser también la emoción de llevarlo a cabo, el sentimiento que genere, como la felicidad que inspira en uno el hecho de hacer felices a otros, si es que es así.

Hubo un silencio.

— Así lo habría hecho yo, al menos, cuando hubiera alguien afín que deseara compartirlo— continuó el joven Dani—, y así lo hago cuando no lo hay.

— Sí…— dijo el viejo Dani—, supongo que sí…

Consideraron que habían alcanzado la comprensión, y ambos quedaron pensativos. Pero tras un largo rato de silencio, el viejo Dani alzó su voz de nuevo.

— ¿Y el miedo a la muerte?

— ¿Cómo dices?— reaccionó el joven Dani, saliendo de su ensimismamiento.

— El miedo a la muerte, es la única falla que encuentro.

El joven Dani calló.

— La libertad es la ausencia de miedo, ¿sí?— preguntó el viejo Dani, y continuó ante la afirmativa de su joven hermano—. Aquel que es libre o bien no desea ser nada o desea ser todo lo que es, ¿correcto?— y el joven asintió otra vez—. Pero del mismo modo que el deseo de aceptación genera el miedo al rechazo, el deseo de ser algo, aunque ese algo sea precisamente lo que se es, genera necesariamente el miedo a no ser nada. Por lo tanto la única posibilidad de ser libre, de no temer ni tan siquiera la muerte, consiste en no desear ser nada en primer lugar, y entonces sí, la aceptación, la falta de miedo, de necesidades y la libertad, por supuesto, llegan inevitablemente, una detrás de otra, igual que caen las fichas del dominó.

Vio el joven Dani que su hermano mayor llevaba razón y los dos sonrieron, pensando que sobre aquello no había más que decir, y quedaron pensativos.

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