La Ciudad de los Sabios

Muchos hombres y mujeres eran sabios en aquella ciudad. Por supuesto era éste un hecho obligatorio, qué duda cabe. De otro modo, aquélla, que no era otra sino La Ciudad de los Sabios, jamás podría haber ostentado tal nombre. Muchos eran sabios, pues, y de no ser por una minoría descarriada la totalidad de sus habitantes lo habría sido.

Pero las gentes en La Ciudad de los Sabios eran ajenas a estas minucias. Vivían apacibles, en perpetua paz, compartiendo su saber en torno a un objeto de culto. Era así que no existía objeto más precioso, deseado y disfrutado que el libro ni costumbre o actividad de recreo más encomiable y digna que la reposada lectura, y era motivo de la gloria de la ciudad la sabiduría imperante entre sus ciudadanos. Por tanto, y como es razonable, no se concebía en La Ciudad de los Sabios mayor humillación personal que la estupidez ni se temía más calamitosa miseria que la generalización de la ignorancia.

Prevenían la desgracia a toda costa con una educación firme. En las escuelas de La Ciudad de los Sabios se enseñaba a los niños a leer como primer y más valioso regalo, a partir del cual su formación se iba erigiendo con la enseñanza de todas las variedades de la literatura en su sentido más amplio. Pronto, bajo la máxima de la lectura como devoción santa, los niños se convertían en eruditos que devoraban con gusto y, si cabe, mayor dedicación volúmenes de ciencias y de filosofía, de poesía, novelas, dramas,… Con un seguimiento continuado de este proceso, los jóvenes llegaban a consumar su instrucción. Alcanzaban la condición de sabios, como ciudadanos ejemplares de La Ciudad de los Sabios.

Tal y como era de esperar, de esta formación resultaban los ciudadanos altamente cualificados para desempeñar la tarea que se les asignaba, por la que los sabios nunca se hacían demasiadas preguntas los unos a los otros; eran pacientes y, además, sabían perfectamente cuál era dicha tarea y en qué consistía. Eran todos ellos escritores, escritores profesionales que exprimían sobre papel toda su sabiduría adquirida y creciente. Y no los movía la vanidad, no. Sus obras quedaban anónimas, aunque las firmaba el sudor de sus frentes. Eran oficiales del más honorable de los oficios posibles, y los libros que recibían como retribución de su trabajo constituían su único, suficiente y satisfactorio sustento.

De esta suerte los sabios vivían felices en su ciudad, aunque esclavizados, esclavos de su propia sabiduría. Pasaban ineludiblemente los días escribiendo de sol a sol, con dedicación dócil, los libros que por la noche otros leerían, que venerarían en el altar de su conocimiento llegando a recibir todos ellos su dosis de lectura, y sólo los estúpidos, que ni lo uno ni lo otro sabían hacer, escapaban de la esclavitud y vivían como libres repudiados. Repudiados, sí, degradados a la cota más baja del rechazo en la sociedad de los sabios, a la ignominia, por el sencillo hecho de que eran estúpidos. Jamás se tuvo en cuenta, ni mucho menos se envidió, en La Ciudad de los Sabios a esos maleantes. Se les ninguneaba sin más. Su libertad no valía lo que las cadenas de un lector porque sus palabras jamás sustituirían las de un escritor.

Ésta era la felicidad de los sabios y la prosperidad de su ciudad. Empeñaban sus días, y lo hacían complacidos, en la creación y el disfrute del tesoro más apreciado. Y tal vez podía llamarse esclavitud a esa vida; tal vez lo era, en efecto. Pero los sabios, naturalmente, sabían que ésa sólo era una palabra, nada más, y que la existencia en libertad, es decir, privada de la lectura, valía bien poco.

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