El anacoreta

— ¡Ten cuidado! Ahí es donde guardo los lápices.

— No es más que un cajón.

— Claro, el cajón de los lápices.

Solté entonces cuidadosamente el tirador, sin llegar a utilizarlo.

— ¿No piensas salir nunca de este agujero?— pregunté deambulando por la estancia. No me atrevía a tocar muchas cosas.

— ¡Claro que sí!— contestó sin levantarse de la cama—. Es decir, podría salir si quisiera. Ya me iré… o igual no. ¿Qué se yo? Nada. Ahora no quiero. Quizá quiera mañana, o quizá no. Tendremos que esperar un día más para saberlo.

—No entiendo como no te mueres de aburrimiento o absorbido por la mierda. Ventila esto, haz el favor. ¡Apesta!—y al tiempo que hablaba di unos pasos hacia la ventana para abrirla de par en par.

— Ya… es que la cisterna del retrete no funciona, supongo que no es muy agradable para quien no se ha acostumbrado. En fin… no tienes que preocuparte por mí. Nunca me aburro. Tengo lectura de sobra para matar el tiempo— dijo, y señaló a varias montañas de libros adornando el cuchitril—. La mayoría no los he abierto todavía y el tema de la higiene… no sé, no me resulta esencial, la verdad. Pero bueno,… ¡venga! ¡Que corra el aire! ¡Sí!

— Hace poco estuve con tu madre— dije entonces, adoptando una expresión de gravedad—. Está muy preocupada por ti pero dice que no se atreve a intentar sacarte de aquí, ni tampoco quiere verte… en este estado, lo cual no me sorprende… Dice que ya no sabe qué te propones, que le das la espalda al mundo, y en eso creo que acierta. Tiene miedo de que acabes consumido y frustrado. Con esas palabras me lo transmitió. Creo que teme que acabes saltando por la ventana. Yo eso no lo pienso…

— ¡Bah! ¡Madres, eh! ¡Qué exageradas son!— se rió, y siguió hablando exultante— Si estoy en mi apogeo, mírame. Estoy fantástico. Desde luego, soy afortunado. Nunca me he encontrado en mejores condiciones. Sólo tengo que solucionar el problemilla de las cucarachas y esto será poco menos que un palacio. Aunque tampoco me importa eso demasiado. ¡Qué coño! Podrían quedarse… ¿no? Sí, que se queden, nunca está de más una mascota. Además, estaban aquí antes de que yo llegara, ¿qué derecho tengo a echarlas?

— Bueno, esto es de locos. ¡Tú deliras! ¿No lo ves? No he conocido a alguien con peor aspecto en mi vida y tu ropa… simplemente da asco acercarse a ella, a ti, no quiero pensar cómo será llevarla encima.

— Pues bastante cómodo, si te soy sincero.

— ¡Espabila! ¡Mira a tu alrededor! Te estás echando a perder. ¡Tienes que salir de aquí!

— Eh, eh,… tranquilízate. Siéntate un poco, por favor, creo que te estás poniendo muy nervioso. De repente se te ha puesto la cara pálida. ¿Quieres comer algo? Tengo un poco de pan. Es de hace ya unos días pero bueno, ya sabes lo que se dice: cuando hay hambre no hay pan duro— y me tendió un bollo mordido por varias esquinas y que ya empezaba a verse dudoso.

— ¡Aparta eso de mí!— le grité casi horrorizado.

— Bueno… perdona. No sabía que te hubieras vuelto tan exquisito.

— ¿Me tomas el pelo? ¿A qué viene todo esto? Sé sincero. ¿Es que tiene razón tu madre y no quieres saber ya nada de ella ni de nadie? Porque si es así me iré ahora.

— ¡Oh, no! Si las personas son lo que más adoro. Me pasaría el día entero con ellas. Es lo que hago, de hecho.

— ¡Las personas están ahí afuera! ¡Sal ya! ¡¿Qué haces aquí encerrado?!

— Pues muy sencillo, leer— dijo.

— ¿Leer? ¿Es todo?

— ¡Vaya! ¡Te parecerá poco! Que me canso, ¡eh!… Leer un buen libro es como mantener una buena conversación con una persona inteligente, y se la conoce de verdad. Y hay que esforzarse un poco.  Leo, ellos me hablan y yo les contesto. Discuto las ideas que me proponen. A veces me plantean algunas cuestiones tan atrevidas, ideas tan agudas, que me paso horas diseccionándolas y tratando de rebatirlas punto por punto. En mi imaginación, claro está. No creas que hablo con los libros en voz alta. No estoy loco.

— En la calle tienes miles de personas reales con las que hablar— le dije.

— ¡Pff! Sí, pero son mucho menos interesantes. La calidad de su conversación es muy inferior, admitámoslo. La mayoría solo dice bobadas y casi todos se expresan fatal. No… prefiero esto. No tienen nada que hacer contra un buen libro— dijo sonriendo para sí, acariciando la tapa y echando un vistazo al que tenía entre manos, como un perro miraría a una chuleta que va a devorar— Me gustaría que no fuera así, créeme, pero qué le voy a hacer yo, sólo soy un hombre. Si fuera dos aún podría hablar conmigo, pero para eso me quedo aquí en la cama, ¿no crees?

— ¡A la mierda! Amigo, has perdido el juicio. Ya estoy harto de esta tontería— concluí enfadado—. ¡Adiós!

— Como quieras. Vuelve cuando te apetezca— dijo sonriente cuando le daba la espalda dirigiéndome hacia la puerta—. ¡Gracias por venir a verme!

Y con mi portazo puse punto final a su última frase.

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