Historia de una escalera

No es la escalera de una comunidad de vecinos. Cada una de sus puertas da a la misma familia, y sus miembros no se tiran maldiciones ni promesas ilusas. Tampoco al recorrerla se esfuman las décadas como se pasarían cien páginas con un dedo. Eso no… el tiempo sube lento desde este escalón hasta el siguiente. El presente es más dilatado aquí. Sigue su curso con amabilidad, apartado de la agitación urbana, cercano al Pirineo catalán, en un pueblo cansado.

Buscando el tercer piso, los fósiles, una funda de contrabajo, una escopeta de tiro… amenizan el ascenso. Anuncian la identidad de los residentes. Las paredes desconchadas y las vigas de madera, y una tablilla tallada en que se representa el baile de la sardana, le conciencian a uno de la tradición vieja de esta casa de pueblo y del apego a la tierra.

Son tres allí, arriba, en el tercero: madre, padre e hija. La primera es activa y culta, pero también maniática, y habla por los codos. Habla de sus manías, de la limpieza. Y lo hace con simpatía, que se antoja forzada en ocasiones, y usándola las viste de nimiedad. Las pormenoriza entre risitas como pequeñeces con las que se ha de ser indulgente, imponiéndolas, sin embargo. El varón, por su parte, es geólogo y músico hábil aficionado. Un paisano robusto, bromista. Se gana el pan enseñando matemáticas a alumnos necesitados de bachillerato, como su esposa, que enseña idiomas. En la conversación con él se desprende el amor por su cultura; la valora, y, aunque rotundo en sus palabras, es humilde. Conoce las reglas del juego. En la sobremesa, comenta la independencia de su país con sensatez. Se le reconoce una suerte de sabiduría capaz de distinguir las buenas intenciones de la hipocresía; la prudencia, de los sofismas de la ideología del pueblo que regalan los oídos de los ignorantes. Se da este caso en su hija, a la que ésos contentan. No se la puede culpar más de la cuenta porque atraviesa hoy esa edad del romanticismo. Es curiosa y tiene también ciertos intereses, que es más de lo que puede decirse de muchos de sus coetáneos. Tiene padres instruidos; tiene suerte, es verdad. No obstante, es aún una mezcla deficiente de ambos. Como su madre, no calla. Pega voces naturalmente. No desperdicia la posibilidad de apostillar, pero carece de ingenio. Se ríe sola. Igual que su padre, habla como si todo lo supiera. En efecto, sabe lo suficiente como para creerlo y no tanto como para llegar a comprobar que eso apenas es nada. Resulta cargante. Ciertamente, es algo alelada… y bastante repelente.

Bajo ellos, en la segunda planta, residen los huéspedes que van y vienen. Los acogen, les ofrecen cama y un plato en la mesa, a cambio de su colaboración en los menesteres de la casa. El de este tiempo recibe un trato amable de la familia. A él le basta con eso.

Y más abajo, en la primera planta, viven dos gatos y María, la madre octogenaria del padre. María es la señora de esta escalera. Comparte un café con el huésped de turno y cuenta que por lo que a ella respecta esta casa es feudo de su estirpe desde siempre, en este pueblo de peñascos secos y ruinas de otras edades donde no se imagina el cambio y la medida de lo eterno adquiere una dimensión extra. Escucha el huésped, y siente que es menudo y pasajero, porque lo es.

El físico de María está ligeramente impedido. Sufre de párkinson, y su familia le ahorra esfuerzos por ello. En el tercer piso preparan sus cenas y comidas, que le son llevadas hasta el primero, se le explica al huésped. No reprime éste una sonrisa. Él colabora en el cuidado del bienestar de María. Adecenta la cocina que los gatos ensucian y la acompaña al paseo por las tardes, cuando su hijo y su nuera trabajan y su nieta estudia. Es preferible que María no salga sola. Ya ha tenido más de una caída, el pueblo se levanta sobre un monte, y a ella le cuesta controlar su velocidad en bajada. En las calles encuentra y saluda a los viejos, que son los más de los habitantes de aquí. Ella los conoce bien, ya son muchos años, y a ratos los critica. Éste que viene, dice sin recatarse, está sordo como una tapia; aquélla y su marido no se hablan desde hace años, y ésa que sale de la tienda no mira por otra cosa que el dinero. Su acompañante atiende. Valora el comentario crudo aunque detesta las malas lenguas. Pero en María no se perciben rasgos de envidia o, simplemente, de mezquindad. Su voz sostiene una nota de resignación en el aire, critica con el humorismo de quien ha visto echarse todo a perder y sin remedio.  Se alegra, además, de que la entienda el actual huésped. Los anteriores fueron siempre extranjeros. Hacían silenciosos los paseos, y María se aburría.

Normalmente, María se levanta tarde para que las mañanas se pasen rápido. No ve a los familiares cuando rondan la casa en esas horas. Ella mira la tele, come, y sigue mirándola hasta que llega la hora de salir. El huésped cambia la arena de los gatos y la bolsa en el cubo de la basura, mientras tanto. Y le cuesta respirar. Las nubecillas de polvo se rebelan si limpia y varias estufas calientan el primer piso para María más de lo que a él le gusta soportar. Y verla en el sofá ante la caja tonta, sin variar su postura, añade una carga de depresión a su moral. Por qué nada ocurre, reflexiona; si acaso no tendrá ella otro interés que estar sentada, piensa, una afición, la que fuera; o si, en todo caso, no sería más llevadero esperar la muerte haciendo algo que no haciendo nada. Por qué no sube a sentarse ante la tele del tercero… Allí arriba, cuanto menos, vería pasar una persona de pascua en ramos.

La cotidianeidad comienza a tornarse sombría bajo la corteza del buen humor. El huésped lo nota y no tarda en familiarizarse con ella. La segunda vez que le sirve la cena a María y posa el plato sobre una mesa vacía, cae en la cuenta de que come sola a diario, pudiendo no ser así. En la tercera ocasión en que salen juntos a andar, cuando ella se sirve de su brazo como apoyo, ese brazo extraño, comprende que este paseo es el rato más largo de cada jornada que María pasa en compañía, y lo es sólo por él. Por alguna razón se siente deshonroso. Elucubra sobre la infelicidad de ella. Caminan despacio. Tal vez María fuerza el paso corto. Quizá elige dar un rodeo y prolonga el paseo por la compañía. Y luego se quedará sola y sentada. Quizá está aterrorizada. ¿Teme ser comprendida?, y quedar expuesta como un ser abandonado. Y quizá se avergüence a pesar de su inocencia, tristemente. Por lo demás, quince minutos cada noche, su hijo la visita al llegar del trabajo y le da charla, para subir después a cenar con su mujer y su hija y acostarse con la culpa ahogada y diciéndose que no es un miserable.

El huésped se compadece. Identifica su acción de intermediario. Trata con María en nombre de terceros, los del tercero. Intermedio, como la segunda planta que ocupa. Imagina un futuro próximo. En él no está y no vuelve, tal vez. Acompaña a María un inglés con quien le es imposible cruzar dos frases. Pero el presente es ancho. Disfruta más de él y de la vieja. Hacerla feliz es fácil. A los viejos les basta la conversación. Es bueno. Se colman de satisfacción cuando enseñan un poco de eso que saben no por diablos, sino por viejos sólo, que les deja pasar otro día convencidos de que la vida que termina parece servir de algo después de todo.

Anuncios
Historia de una escalera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s