Versos solidarios

A los dos les invadió la solidaridad al descubrir en la angustia del compañero el propio miedo, cuando los señalaba, sin piedad, el dedo negro del terror. Los dos cayeron en la nostalgia cuando, echados en el suelo, probaron su sabor, el amargor de un último café, y cuando la impresión del hierro en la piel los transportó a su primer beso. La suerte los había conducido a un agujero sin salida, a un rincón sin esperanza. “Podría haber sido otra vida, no la mía”, maldijeron. Pero en la resignación hallaron ambos su templanza. Ante el instante final nació una compasión mutua, permitida, una vez, por la común conducta del egoísmo distante, y les fue revelada su identidad. Se amaron como hermanos, porque eran iguales, en verdad. Y, por todo ello, ambos pensaron al llegar la hora crucial: “Si alguno hoy se ha de salvar, espero que ése sea yo”. Y, por todo ello, es obvio que ninguno se salvó.

Versos solidarios

La Ciudad de los Sabios

Muchos hombres y mujeres eran sabios en aquella ciudad. Por supuesto era éste un hecho obligatorio, qué duda cabe. De otro modo, aquélla, que no era otra sino La Ciudad de los Sabios, jamás podría haber ostentado tal nombre. Muchos eran sabios, pues, y de no ser por una minoría descarriada la totalidad de sus habitantes lo habría sido.

Pero las gentes en La Ciudad de los Sabios eran ajenas a estas minucias. Vivían apacibles, en perpetua paz, compartiendo su saber en torno a un objeto de culto. Era así que no existía objeto más precioso, deseado y disfrutado que el libro ni costumbre o actividad de recreo más encomiable y digna que la reposada lectura, y era motivo de la gloria de la ciudad la sabiduría imperante entre sus ciudadanos. Por tanto, y como es razonable, no se concebía en La Ciudad de los Sabios mayor humillación personal que la estupidez ni se temía más calamitosa miseria que la generalización de la ignorancia.

Prevenían la desgracia a toda costa con una educación firme. En las escuelas de La Ciudad de los Sabios se enseñaba a los niños a leer como primer y más valioso regalo, a partir del cual su formación se iba erigiendo con la enseñanza de todas las variedades de la literatura en su sentido más amplio. Pronto, bajo la máxima de la lectura como devoción santa, los niños se convertían en eruditos que devoraban con gusto y, si cabe, mayor dedicación volúmenes de ciencias y de filosofía, de poesía, novelas, dramas,… Con un seguimiento continuado de este proceso, los jóvenes llegaban a consumar su instrucción. Alcanzaban la condición de sabios, como ciudadanos ejemplares de La Ciudad de los Sabios.

Tal y como era de esperar, de esta formación resultaban los ciudadanos altamente cualificados para desempeñar la tarea que se les asignaba, por la que los sabios nunca se hacían demasiadas preguntas los unos a los otros; eran pacientes y, además, sabían perfectamente cuál era dicha tarea y en qué consistía. Eran todos ellos escritores, escritores profesionales que exprimían sobre papel toda su sabiduría adquirida y creciente. Y no los movía la vanidad, no. Sus obras quedaban anónimas, aunque las firmaba el sudor de sus frentes. Eran oficiales del más honorable de los oficios posibles, y los libros que recibían como retribución de su trabajo constituían su único, suficiente y satisfactorio sustento.

De esta suerte los sabios vivían felices en su ciudad, aunque esclavizados, esclavos de su propia sabiduría. Pasaban ineludiblemente los días escribiendo de sol a sol, con dedicación dócil, los libros que por la noche otros leerían, que venerarían en el altar de su conocimiento llegando a recibir todos ellos su dosis de lectura, y sólo los estúpidos, que ni lo uno ni lo otro sabían hacer, escapaban de la esclavitud y vivían como libres repudiados. Repudiados, sí, degradados a la cota más baja del rechazo en la sociedad de los sabios, a la ignominia, por el sencillo hecho de que eran estúpidos. Jamás se tuvo en cuenta, ni mucho menos se envidió, en La Ciudad de los Sabios a esos maleantes. Se les ninguneaba sin más. Su libertad no valía lo que las cadenas de un lector porque sus palabras jamás sustituirían las de un escritor.

Ésta era la felicidad de los sabios y la prosperidad de su ciudad. Empeñaban sus días, y lo hacían complacidos, en la creación y el disfrute del tesoro más apreciado. Y tal vez podía llamarse esclavitud a esa vida; tal vez lo era, en efecto. Pero los sabios, naturalmente, sabían que ésa sólo era una palabra, nada más, y que la existencia en libertad, es decir, privada de la lectura, valía bien poco.

La Ciudad de los Sabios

Dani

— Y tú, ¿sabrías decir por qué escribes?— preguntó el viejo Dani a su hermano.

— No, no con certeza— contestó el joven Dani, y ambos quedaron pensativos.

— Y el resto de cosas que llenan tu vida, ¿por qué las haces?— preguntó el viejo Dani.

— No lo sé…— dijo el joven, y ambos quedaron pensativos.

— ¿Acaso escribes porque resulta útil?

— ¡Oh, no! Escribir no es útil.

— No lo es, ¿verdad?

— No, de ninguna manera— dijo el joven Dani—. Los libros son de lo más inútil. No llenan el estómago de nadie, no quitan del frío, no protegen de la lluvia. Los libros no ayudan a soportar penalidades, no facilitan la vida. No, no… Los libros no sirven para nada.

— Es cierto— dijo el viejo, y ambos meditaron.

— ¿Lo haces porque te obligan los valores de la cultura, las normas de corrección social? Es decir, ¿por convencionalismo?— continuó el viejo.

— No.

— Pero tampoco lo haces para cambiar esos valores y normas.

— No. Me aparto de ellos. No combato la falsedad con la mentira.

— Lógico. Y, aun así, sientes la necesidad de escribir.

— Sí— dijo el joven Dani, y ambos reflexionaron.

— Entonces— dijo el viejo—, si no es útil ni tampoco fruto del convencionalismo, nos queda la vanidad.

— ¿Qué es la vanidad?

— Es lo que motiva aquellas acciones que tienen por objeto mostrar una determinada imagen de uno mismo ante los demás, o bien lo que motiva el jactarse de esas acciones.

— Aquel que es libre no necesita de eso— dijo el joven.

— Y, ¿qué es la libertad?

— La libertad es la ausencia de miedo, tanto de lo propio como de lo externo. La libertad se da cuando una persona es completa en sí misma, de manera que la aceptación de cuanto compone su ser es absoluta y el temor al rechazo de los demás, así como la necesidad de su aceptación, no existe. Es decir, aparentar supone que uno pretende que se perciba en él algo que desea ser pero no es. Aquel que es libre o bien no desea ser nada o desea ser todo lo que es, pues de otro modo no podría aceptarse a sí mismo. No tiene que aparentar ser, sencillamente es. Por la otra parte, quien se jacta lo hace con el fin de que terceras personas reconozcan o acepten un valor que él se atribuye a sí mismo o tiene; de ese deseo de aceptación deriva el temor al rechazo y, por tanto, quien no teme no se jacta. Para aquel que es libre la vanidad simplemente no tiene sentido.

— Tal vez…— dijo el viejo Dani—, pero, ¿no será, esa persona que se cree libre, una víctima del convencionalismo?

— No puede serlo. La libertad es un ejercicio interior, íntimo. Cuando se alcanza la aceptación el miedo desaparece automáticamente y todo lo que provenga del exterior, cualquier norma impuesta por otro, ya no importa.

— Entonces, si no es por utilidad, convencionalismo ni vanidad, ¿por qué escribir?— dijo el viejo Dani sin comprender.

— Al margen de la utilidad, lo único que merece la pena en la vida son las emociones, más valiosas cuanto más intensas. Cuando la experiencia de una emoción sea el único interés de llevar a cabo los actos, puede uno estar seguro de mantener su humildad intacta y su espíritu libre de pretensiones vanas.

— De modo que escribes por el placer de hacerlo.

— Eso creo…

— Y compartirlo, ¿no será un acto vanidoso? ¿No es su fin el de jactarse?

— No— dijo el joven Dani, e hizo una pausa para pensar—. Escribir es un acto y compartir es otro. La motivación de este nuevo acto que es compartir debe ser también la emoción de llevarlo a cabo, el sentimiento que genere, como la felicidad que inspira en uno el hecho de hacer felices a otros, si es que es así.

Hubo un silencio.

— Así lo habría hecho yo, al menos, cuando hubiera alguien afín que deseara compartirlo— continuó el joven Dani—, y así lo hago cuando no lo hay.

— Sí…— dijo el viejo Dani—, supongo que sí…

Consideraron que habían alcanzado la comprensión, y ambos quedaron pensativos. Pero tras un largo rato de silencio, el viejo Dani alzó su voz de nuevo.

— ¿Y el miedo a la muerte?

— ¿Cómo dices?— reaccionó el joven Dani, saliendo de su ensimismamiento.

— El miedo a la muerte, es la única falla que encuentro.

El joven Dani calló.

— La libertad es la ausencia de miedo, ¿sí?— preguntó el viejo Dani, y continuó ante la afirmativa de su joven hermano—. Aquel que es libre o bien no desea ser nada o desea ser todo lo que es, ¿correcto?— y el joven asintió otra vez—. Pero del mismo modo que el deseo de aceptación genera el miedo al rechazo, el deseo de ser algo, aunque ese algo sea precisamente lo que se es, genera necesariamente el miedo a no ser nada. Por lo tanto la única posibilidad de ser libre, de no temer ni tan siquiera la muerte, consiste en no desear ser nada en primer lugar, y entonces sí, la aceptación, la falta de miedo, de necesidades y la libertad, por supuesto, llegan inevitablemente, una detrás de otra, igual que caen las fichas del dominó.

Vio el joven Dani que su hermano mayor llevaba razón y los dos sonrieron, pensando que sobre aquello no había más que decir, y quedaron pensativos.

Dani

Inversión

17 de octubre

Me encanta venir a observarles, y por eso lo hago con gran frecuencia. Lo disfruto de una u otra manera, y es que tanto el placer como la amargura que me inspiran son trepidantes emociones a la altura de la admiración que les profeso. Pues ellos no evolucionan, su cotidiano gasto de tiempo es dedicado al sueño, a una alimentación insípida y a la reciprocidad retozadora de sus lenguas libertinas. Reconozco síntomas notorios de alguna de éstas actividades en cada una de mis observaciones. Sin embargo, aun a falta de variaciones, cada nuevo ejemplo de sus viejas costumbres entraña cierta particularidad que, si bien percibo con claridad, se niega a descubrirse a mi comprensión. Una particularidad que baña de misterio la realidad por otra parte archiconocida, que en esencia no varía, y sin la cual ésta se me resiste a ser reproducida.

20 de octubre

Los animales no reparan en mi presencia; por lo general, no pueden detectarme sus ojos. Levito entonces como un fantasma entre sus cubículos. Atravieso la seguridad de los cristales que separan sus alcobas de la zona de observación estipulada y sus cuerpos a falta del mío. Me acerco a ellos estudioso, soy libre de experimentar con ellos cuanto me plazca. Los examino y los someto a pruebas.

24 de octubre

Mi agitado interés llega a excederse en ciertos casos y viola los límites de la prudencia. Hoy un ejemplar hembra ha reaccionado conscientemente a una dosis. Ha debido de sentir en su cogote el aire espirado por la nariz que le olisqueaba, o escuchado, cercano a su oído, el rasgar de un lápiz sobre el papel. Ha entrado en estado de alerta, me ha descubierto, me ha hecho corpóreo, me ha devuelto al lado que me corresponde y durante un instante efímero hemos sido dos seres idénticos en una sala dividida, discriminados por un muro invisible que ofrece aposentos para ambos. Pero inmediatamente se ha alterado, estaba excitada, y ha convocado aprisa a sus semejantes a presenciar el espectáculo. El pelotón ha crecido rápidamente al otro lado del escaparate y ha centrado en mí su atención. Ninguno ha sido capaz de aplacar sus ansias para la práctica de una contemplación rigurosa. Uno de ellos golpeaba el cristal con el puño y otros chillaban, ladraban, rugían, piaban, berreaban o rebuznaban según su naturaleza, instándome a hacer pronto algo divertido o explicar algún experimento insólito. Otros muchos aplastaban expectantes sus caras contra la pantalla y sólo esperaban el inicio de la función. Yo era su atracción. Me he visto obligado a abandonar la sala.

25 de octubre

Me pregunto si, una vez que me descubrieron, no anhelan hoy la libertad, si no desean cruzar a este lado del cristal y ser como yo, si no aspiran a experimentar. Pero me desengaño. Mi exploración es su entretenimiento que no quieren ni pueden tomar en serio. Me pregunto si para ellos también es mi conducta una futilidad invariable adornada por la magia de una novedad recurrente que no alcanzan a entender. Me niego a tener que explicarme por su simple pretensión de recibir divertimento a costa de mis extravagancias. Me pregunto si existe, en verdad, una diferencia entre ellos y yo, entre los dos lados de la sala dividida que ocupamos, pues siento de pronto que me rodean éste y un sinfín de otros muros invisibles. Me pregunto quién está aislado por esas barreras. Me pregunto quién vive en cautividad.

Inversión

P.D.: Le odio

Querido amigo y bienhechor, tengo a bien escribirle para discutir ciertos aspectos de suma importancia concernientes a nuestra convivencia y por el sincero deseo de presentarme formalmente, aun a riesgo de hacerlo cuando ya mejor hubiera sido pasar desapercibida. Sí obstante, permita que me dirija a usted con la mayor gravedad y buen propósito.

Reconozco que mi posición respecto de usted es, ciertamente, de dificultosa aclaración. Piensa, tal vez, que vivo en su interior, en su corazón como dirían algunos. Piensa que soy la esencia de su vida cuyo instrumento, cuyo vehículo para experimentarla, es su cuerpo. Sabe usted que algún día morirá y cree que, llegado ese momento, yo saldré despedida de mi continente ya inerte hacia el país de la eternidad. Algunos llegan incluso a pensar que cuando eso suceda y deje atrás el transporte que usted me brinda, éste pesará algunos gramos menos como consecuencia de mi marcha. Debo serle sincera y le confieso que eso es a todas luces imposible debido a mi naturaleza. Yo no peso absolutamente nada, no tengo masa, porque para tenerla me vería obligada a estar compuesta por materia y, en caso de que así fuera, no sería posible que residiese en el interior de su cuerpo, porque es evidente la imposibilidad de que dos partículas de materia diferentes ocupen un mismo punto del espacio. Por este razonamiento se hace evidente que yo no soy materia.

Ahora que sabe esto, no me imagine como un personajillo translúcido que comparte su apariencia y tamaño y que vuela de aquí para allá sin jamás utilizar las puertas. En primer lugar, yo, que soy inmaterial, igual que masa tampoco tengo forma, pues ésta es la descripción geométrica de la parte del espacio que yo ocupo. Fíjese en que, al ser inmaterial, no ocupo espacio. Además, no siendo materia mi expansión no tiene ningún límite. No hay objeto material ni inmaterial que pueda contenerme, por lo que se llega a la conclusión de que soy infinita, omnipresente. Y no sólo eso, pues dese cuenta de que la inmaterialidad y la infinitud me obligan a existir de manera atemporal. Siempre he existido y existiré; la creación y la destrucción son fenómenos que no tienen sentido desde el punto de vista de la inmaterialidad.

Sepa, amigo, que le estoy agradecida ya que sólo pude reconocer mi existencia cuando entré en contacto con su cuerpo y experimenté el mundo material a través de él. Comprendí mi inmaterialidad y mi infinitud, y mi consiguiente atemporalidad. Sin embargo, estas cualidades obligan a que yo esté presente no sólo en el cuerpo de usted, sino en todos los demás también y al mismo tiempo. ¿Por qué, entonces, sólo puedo experimentar el mundo material a través del suyo? ¿No debería hacerlo a través de todos los cuerpos de todos los tiempos? Una posible explicación para esta duda, y que muy probablemente será la solución acertada, es la que niega por completo mi existencia y la validez de todas mis argumentaciones anteriores por desembocar en esta contradicción. Así, usted, con su cuerpo, habría entrado en contacto con el mundo material y habría inventado mi existencia para que ahora yo demuestre su falsedad. Tan sencillo como eso.

Pero aguarde, por favor, no me dé por muerta aún. Admitamos un rato más que existo, que soy inmaterial, infinita y atemporal, pero que por alguna razón que escapa al entendimiento de ambos yo sólo puedo experimentar el mundo material a través del contacto con su cuerpo, y con ninguno más. En este supuesto, mi existencia anterior al contacto con usted fue un desierto de oscuridad que ahora comprendo pero que, obviamente, no puedo recordar. Y es que al no experimentar nada por no disponer de un cuerpo con el que hacerlo no podía siquiera imaginar, no digamos ya certificar, mi existencia. En dicho estado, de hecho, no existe una diferencia entre la existencia y la inexistencia. Ahora convivimos y me regocijo en nuestra unión pero, cuando usted se vaya y su cuerpo no sea válido para que yo experimente el mundo material, ¿deberé regresar a ese desierto de oscuridad del que esta vez sí seré plenamente consciente por la posibilidad de recordar todo cuanto ahora compartimos? ¿Tendré que soportar despierta la tortura de la nada más absoluta por toda la eternidad de mi existencia? Le pido disculpas y también le doy las gracias por todo el bien que me dispensa hoy pero, para terminar también con sinceridad, declaro que no acepto ese trato. En tal caso, prefiero no existir.

Atentamente,

Alma

P.D.: Le odio

La cena del intelecto

En la cocina, la luz vertical se sitúa sobre ‘A’ que, junto con ‘B’ y ‘C’, está sentado a la mesa.

Se ve, en primer lugar, un plano general tomado desde una de las esquinas de la cocina de manera que ‘A’ y ‘B’ quedan a derecha e izquierda respectivamente de la línea imaginaria que une esta esquina con la opuesta, a aun ángulo de unos 30º desde el punto de vista del observador. ‘C’ está en esa línea imaginaria, al fondo, junto a la puerta y de cara.

Mirándolos, el plano se mueve oblicuamente hacia la esquina de su lado derecho y hacia abajo, pasando por detrás de ‘A’, hasta descender a la altura de las cabezas de los personajes cuando alcanza esa esquina. ‘A’ queda entonces en un plano medio y ‘B’ y ‘C’ en plano americano. ‘A’ está en el centro del lado izquierdo del plano; ‘B’ está detrás, entre ‘A’ y el eje vertical del plano; y ‘C’ está en el lado derecho. El plano rota sobre su propio eje sin variar la altura mirando a ‘A’, ‘B’ y ‘C’ según ellos intervienen en la conversación.

En esta escena, los personajes sentados a la mesa discuten sobre deontología del periodismo, se preguntan unos a otros corrigiéndose mutuamente y, así, aprendiendo todos. ‘A’ muestra tranquilidad, consultando el móvil pero escuchando al parecer, e interviene cuando sus interlocutores le preguntan y cuando tiene razón. ‘B’ habla en mayor medida con ‘C’ y son ellos quienes comprueban las respuestas y quienes responden en lugar de ‘A’ cuando éste no sabe. ‘B’ habla en calma, igual que ‘A’, y guía la conversación porque ‘C’ se evade del asunto a tratar constantemente cuando su imaginación es sacudida por cualquier curiosidad que comentar.

‘A’ y ‘B’ actúan con naturalidad y con la tranquilidad que corresponde a la conversación presente. ‘B’ gesticula más que ‘A’ y es evidente que lo hace, pero son esos matices de expresividad los que les dan a cada uno un carácter diferente. Permiten que el espectador conozca una parte de la personalidad de los personajes a través de su actitud. ‘A’ y ‘B’ le dan realismo a la escena y cuando ellos hablan la música es suave pero el ritmo ligero, como si planearan algo emocionante. ‘C’ es totalmente distinto. Cuando él habla gesticula exageradamente, su entonación sufre altibajos, no hay música y al terminar sus frases suele haber risas silenciosas. El resto de personajes se ríe aunque ninguno lo demuestra. Y no se ríen de él sino con él, como se ríe con los personajes de una comedia.

Cada uno en su papel, actúan como nadie más podría hacerlo. ‘A’ y ‘B’ interpretan un drama y ‘C’ una comedia. El espectador conoce ligeramente a ‘A’ y ‘B’ por los detalles de sus interpretaciones y a ‘C’ le conoce por completo, porque la suya se limita al humor que el espectador está acostumbrado a recibir de él y que le define, como buen personaje de comedia cuya personalidad subdesarrollada se basa en unos chascarrillos de carácter recurrente.

La transición del drama a la comedia es brusca mas no por eso desagradable. Como la técnica de romper el eje, impacta y divierte. A esta ruptura en el cambio ‘C’ se acopla perfectamente interviniendo en el momento exacto para continuar una frase que ‘A’ o ‘B’ dejan a medias, o para terciar oportunamente. Porque ‘C’ tiene un segundo rostro. Él interpreta una comedia cuando habla solo y su intervención se convierte en soliloquio. Pero cuando interacciona con ‘A’ y ‘B’ su papel es más bien el de un personaje secundario de una de esas series policíacas al estilo de Castle y el Mentalista, y reúne todos los clichés de la narrativa que hacen esas series tan predecibles y, a la vez, geniales.

A veces uno de ellos sale del plano y deja la escena. Otras veces el plano, sin cortes, detalla objetos y partes de los cuerpos de los personajes. Otras veces sale de la sala moviéndose secuencial, cambiando de escenario. Porque ésta es sólo una escena de la película, y verla así es alucinante.

La cena del intelecto